domingo, 29 de noviembre de 2015

Palabras




Todo lo que de mí sale se expresa con la mirada, con gestos y sonidos, pero nada más.
Mi mente es un hervidero de ideas y todas ansían salir y ser expresadas… a pesar de ser imposible para mí.
Cada día me digo que debo salir de casa, disfrutar de mis otros sentidos, pero tan solo voy del trabajo a casa y de casa al trabajo. Raúl siempre intenta que quede con él, que salgamos a tomar algo, pero rehusar su ofrecimiento se ha convertido en una rutina: él alza el rostro, me mira, me sonríe y hace ese típico gesto de “vamos”, pero mi respuesta es la misma cada vez, negativa. Ante ella, él se encoge de hombros y no insiste, al menos ya no lo hace.
No me gusta sentirme impedida.
No quiero que me pregunten algo y no poder pronunciar una sola sílaba… bueno, eso lo puedo conseguir, aunque el resultado es bochornoso.
La operación fue bien en su momento y la recuperación también, no obstante… la secuela fue inevitable. Sin voz. ¿Y ahora qué? He hablado toda mi vida, y ¡tengo treinta y dos años! Es injusto.
—¿Otra vez compadeciéndote? —La voz de Raúl me sobresalta y le miro con el ceño fruncido para luego levantar los hombros—. Ana, tienes que salir. Por favor, que esto no es el fin de tu vida. ¿Y si vamos solos? Tú y yo en algún local tranquilo; prometo no llamar al grupo, ni hacerte ninguna encerrona —añade al ver mi expresión. Raúl me entiende como nadie, por eso me siento más cómoda con él.
Pienso su propuesta. Si estamos solos no tendré que hacer que ande dando explicaciones, ni traduciendo mis escasos gestos o palabras del lenguaje de signos, ese que “hemos” aprendido, aunque yo los use poco y acabe escribiendo todo o yéndome.
Asiento.
Sus ojos se abren mucho.
—¿En serio? ¿De verdad? —La alegría es notable en su tono—. Te prometo que no te arrepentirás. —Solo con eso ya hace que crea acertada mi elección.
Agarro un papel y dejo salir lo que siento:
“Sé que no lo haré. Tú me comprendes mejor que nadie”.
***
El texto que aparece me saca una sonrisa aún mayor.
—No te quepa duda. A las diez voy a buscarte. Te quiero arreglada y lista… —La veo fruncir el ceño—. Porque sí. Para un día que te convenzo no pretenderás salir del trabajo e ir tal cual, ¿no?
Me deleita con un gesto entre la conformidad y el pasotismo y gesticula un “como quieras”.
—Exacto. Yo decido. A las diez, ni un minuto más ni uno menos.
Me echa con un movimiento de la mano a lo que yo respondo con un vago saludo militar y me marcho sabiéndome victorioso… por ahora.

Diez en punto.
Tras quince minutos sentado en el coche haciendo tiempo, al fin es la hora.
—Estés lista o no, hoy no te me escapas.
Desde que la conocí solo he deseado estar con ella. Ana me cautivó a los veintiséis años, en el inicio de nuestras carreras administrativas. Hemos sido uña y carne… pero eso me hizo entrar de cabeza en la “zona amigos”. Insoportable. Inaudito. No lo aguanto.
Cuando el accidente la obligó a entrar en quirófano y la dejó sin voz, fue realmente doloroso. Verla llorar día sí y día también; saber que nunca volveré a oír su voz, que su risa se haya perdido… Pero para mí todo eso no es impedimento. Sé lo que quiero, y ella no se va a cerrar de nuevo. Hoy sale de ese pozo como que me llamo Raúl Fuentes Iglesias.
Toco el interruptor del telefonillo y pasan unos segundos eternos en los que me dedico a revisar mi ropa. Me he arreglado, aunque no en exceso.
Escucho el descuelgue del auricular.
—Soy yo.
A mi respuesta le sigue el sonido de apertura de la puerta del bloque. Subo los dos pisos que nos separan y en el umbral la hallo. Vestido de cóctel, medias tostadas y tacones. Si fuese un gato estaría ronroneando de puro gusto.
—Estás impresionante. Y el pelo suelto te queda fenomenal; deberías llevarlo así más a menudo.
El rubor tiñe sus mejillas y desecha mi cumplido sin más.
Me invita a pasar y se desliza tranquilamente hacia el salón. La sigo para penetrar en la sala y verla ataviarse con su guardapolvo beige y agarrar el bolso.
—¿Estás lista?
Asiente y vocaliza un “vamos” que no se traduce en sonido alguno y que provoca que la tristeza empañe sus ojos grises.
Trato de obviar el tema, lo dejo correr para que ella no le dé más importancia y evitar que esa pena aumente.
Nada más salir del piso pongo a su disposición al caballero que hay en mí, preparado solo para ella. Le ofrezco mi brazo, el cual ella acepta con media sonrisa; también la ayudo a acomodarse en el asiento y cierro la puerta con galantería.
El trayecto no es largo, pero la necesidad de estar con ella, de mirarla y disfrutar de su aspecto, esa hace que se me haga eterno.
***
Raúl está más nervioso y extraño de lo normal. Pero lo más doloroso para mí no es el hecho de sentirme impedida para expresar lo que pienso, sino el verme diferente, el no ser yo misma, y no ofrecer a los demás, a él, todo lo que soy.

Minutos más tarde ya estamos en el restaurante y acomodados, lo que me invita a relajarme y poder “expresar” lo que necesito, aunque sea a través de mi cuaderno.
Lo saco del bolso y lo sitúo abierto llamando la atención de Raúl sin pretenderlo.
“Estás diferente. ¿Sucede algo? ¿Quieres irte?”
—No. ¿Por qué crees eso? —expresa con los ojos muy abiertos.
Me encojo de hombros a modo de respuesta y echo un vistazo a la carta, una que no hace mucho me conocía como la palma de mi mano, pues solía venir mucho, antes de mi confinamiento autoimpuesto.
—¿Sabes lo que vas a tomar? —pregunta dejando correr la cuestión anterior.
Me ruborizo sin remedio y gesticulo para indicarle el número que he escogido. Él pasa por alto mi vergüenza y llama a la camarera, una pelirroja que ya he visto en alguna otra ocasión y que tiene una voz impresionante.
—Buenas noches. Hoy les atenderé yo, soy Carla. ¿Han elegido ya?
—Sí. Serán son números dieciséis y un veinticuatro para compartir. Y una botella del mejor vino que tengan.
Alzo las cejas interrogante y él, por respuesta, sonríe.
—Te dije que hoy sería especial y que lo pasaríamos bien. Estoy cumpliendo mi palabra. Sé qué vino es el que tienen y también que es tu favorito.
La camarera se marcha con la diversión pintada en el rostro.
El servicio esta noche es excelente, como siempre, y la velada transcurre entre monólogos por parte de Raúl y algún que otro garabato mío en la libreta; frases que no necesito concluir para obtener contestación, pues me entiende bien; sabe, incluso antes que yo, lo que quiero decir.
La noche ha sido de lo más agradable y él ha llevado a cabo su promesa…
—¿Raúl?
La mención de su nombre interrumpe cualquier pensamiento y la paz que tenía ganada.
—Oh, Marisa. Cuánto tiempo. ¿Cómo estás? —saluda él, diría, un tanto incómodo.
—Muy bien, aunque echándote de menos —añade mirándome por encima del hombro con gesto altanero.
—No seas dramática. —Sus palabras están destinadas a quitarle importancia a las de ella, pero no funciona.
—Para nada, no exagero. ¿Quién es ella? —interroga señalándome—. Yo soy Marisa Fernández, ¿y tú?
De manera automática respondo… o lo intento, pues solo un breve gemido escapa de entre mis labios haciéndome sentir la humillación correspondiente. La carcajada de la rubia sobre tacones de quince centímetros es oída en todo el restaurante.
—¿Qué pasa, te ha comido la lengua el gato? —me suelta—. En serio, ¿con esta?, ¿por ella me abandonaste?
Frunzo el ceño, sin poder evitarlo, y la sangre me hierve. Me encantaría soltarle cuatros verdades y largarme, pero solo me levanto… y la mano de Raúl me frena.
—No te vayas. Esto lo arreglo yo.
—¿Qué pasa, que no tiene boca para defenderse ella sola?
Si las palabras de Raúl me habían frenado, las de ella… Niego y me suelto bruscamente de su agarre.
—Ana, espera. No te marches.
Él trata de seguirme pero me giro y pongo las manos al frente, deteniéndole. No quiero que venga, no deseo volver a pasar por esto.
—No pienso dejar que te vayas.
—¿Ana? —suelta la tal Marisa, la que recuerdo como su ex—. Así que estaba en lo cierto, es ella.
Raúl la encara echando humo. Su enfado es monumental, lo sé, lo conozco.
—¡Sí! ¡Es ella!
Sus palabras me dejan sin saber y con la necesidad de alguna otra explicación. Toco su brazo, para llamar su atención. Él se vuelve y me mira.
—Lo siento. Te prometí que no pasaría esto. —El abatimiento en su mirada me hace sentirme como un mal bicho. No puedo estar siempre así, haciéndole daño con mis recriminaciones, aunque no sean pronunciadas en alto.
***
Por favor que no se vaya, que la superficial de Marisa no lo estropee…
—No te marches.
—¿Y tú desde cuándo ruegas nada? ¿Y esta zorrita por qué no se defiende sola?
La chispa del enfado cruza el rostro de Ana y la respuesta de sus labios sale… sin más sonido que el de dos roncos gemidos entrecortados. En cuanto se da cuenta, cierra los ojos con fuerza pero se mantiene ahí.
La furia surca mis venas ante la carcajada de Marisa.
—De modo que es cierto. Lo siento por ti, Raúl, pero has salido perdiendo. Esta muñeca rota jamás te dará lo que yo sí puedo. Lástima. Bueno, me voy. Adiós, muñeca rota.
Su tono me hace explotar.
—¡Basta! Como vuelvas a hablar así de ella… Ana es mucho mejor que tú en todo y aunque nunca tenga la oportunidad de oír de nuevo su melodiosa voz, seguirá siendo la mujer de mi vida.
***
Sus palabras hacen que mis ojos se explayen y mi corazón se desboque. ¿La mujer de su vida?
La rubia nos da la espalda con aires de grandeza y se va por donde vino.
—Ana, perdóname —dice—. Esto no ha salido como quería. No es justo. Y no se te ocurra pensar que eres eso, nunca serás una muñeca rota.
Niego al borde de las lágrimas. Sí que estoy rota. Ya nunca seré la misma.
—No, no. Ana, por favor. —Cierra los ojos y los abre de nuevo dando un paso al frente, buscando mi mirada—. Ana, te amo. Te amo desde el primer momento en que te vi.
Su confesión hace que las primeras lágrimas crucen mi rostro.
Digo que no, reacia a creerle. Las palabras mudas salen de mis labios.
—“¿Y ella? No puedes quererme. ¡Estoy rota!”
No hay sonido, tal vez algún siseo. Nunca más habrá ninguno saliendo de mí.
—No digas eso, jamás.
—“No he dicho nada.”
—No puedes engañarme, a mí no.
Soy incapaz de soportarlo. La necesidad de estar en casa, sola, impera por encima de todo lo demás.
Me doy la vuelta pero su mano se aferra a la mía.
—Te digo que te amo… ¿y te vas?
No puedo responder a eso. No puede amarme. No se merece a alguien como yo. Él tiene demasiada luz y alegría; sin risas… no será feliz.
Las lágrimas recorren mi piel y su mano se aventura a restañarlas, pero rehuyo por miedo a su contacto, a perderme en él y no ser capaz de apartarme. Que me ame es más de lo que nunca soñé. Hace años que somos amigos, años desde que rompió con su novia, a la que ahora conozco, y la verdad es que me alegra que la dejara… pero ¿por mí? Eso no está bien. Él merece mucho más.
Me suelto de su agarre y salgo corriendo, rezando para que no me siga. Ha llegado el momento de cambiar de vida, de aceptar mi nueva condición… y no es aquí, ni junto a él.
***
Tres días, setenta y dos horas y un millar de preguntas. Tiempo de sobra para ir a exigirle que me las responda. Ella no tiene derecho a decidir por mí, y estoy seguro de que eso es justamente lo que pretende.
Sé que no son horas, que las doce y cuarto de la noche no es el mejor momento del día para esto… Da igual. Me niego a seguir esperando.
Por suerte para mí, el portal lo encuentro abierto, de modo que subo los dos pisos y llamo con insistencia. Oigo su tropiezo y sé que en su mente anda maldiciendo por haber vuelto a dejar el paraguas en medio. Pasan unos segundos eternos y pienso que ha usado la mirilla y que no quiere abrir para enfrentarse a mí, pero tengo un as en la manga… bueno, en realidad son las llaves.
Saco el juego que me dejó para casos de emergencia y, en cuanto introduzco la llave en la cerradura, la puerta se abre y la mujer de mis sueños aparece en el umbral con su pijama de raso negro y la bata a juego abierta. Al seguir la inspección hallo su ceño fruncido.
—Estaba claro que no me ibas a abrir, así que… —digo mostrando el llavero.
Por toda respuesta ella se da la vuelta y se introduce en el salón, al cual la sigo decidido a zanjar esto.
—Te he dado tiempo. No quería presionarte, pero es hora de que hablemos.
Me mira con mala cara y luego señala el reloj.
—Ya sé la hora que es, pero no has venido a verme ni has aparecido por el trabajo. —Hago una pausa antes de seguir—. Te mostré lo que siento y creo que no me eres indiferente… ¿o sí?
Sus ojos están serios y no se apartan de los míos. El tiempo se extiende entre ambos y pienso que no va a responder.
***
¿Indiferente? Llevo tres días llorando por temor a perderlo, ¿cómo me va a ser indiferente?
Solo atino a negar.
—Entonces… ¿has pensado en lo que te dije?
Vocalizo un sí que hace que su mirada color miel, esa que ahora está ansiosa y a la espera, me derrita el corazón; en ella hay esperanza… una que no puedo alimentar más.
Me acerco hasta la mesita y cojo el cuaderno y un boli y escribo:
“Lo he pensado y he sufrido. No quiero perderte, pero no puedo darte una vida incompleta. Yo estoy rota, y ya sé que no quieres oírlo… o leerlo, y sin embargo es así. Si no puedes o no quieres volver a verme, lo entenderé. Incluso he pedido traslado en el trabajo, dentro de poco habré salido de tu vida. Te quiero, pero no puedo darte más que mi sincera amistad.”
Cuando acabo, me giro para darle la hoja y veo lágrimas empañando su mirada.
Es por su bien, me repito; estará mejor sin mí… pero…
—No puedes decidir por mí, pero es tarde y sé que hoy no voy a lograr nada. Solo quiero que tengas en cuenta una cosa, que nadie, jamás, te querrá ni te conocerá como yo. Te seguiré esperando, ya tengo experiencia; no tardes demasiado.
Se da media vuelta y se dirige a la puerta; sin embargo, a mitad de camino me mira.
—No —suelta—. Has puesto más límites de los que soy capaz de soportar. —A grandes zancadas atraviesa la estancia y al llegar a mí me agarra por los brazos y enfrenta mi mirada, esa que estaba a punto de ahogarse por el esfuerzo de desechar todo lo que esconde—. No huyas más.
Me atrae, me pega a él a la vez que se apodera de mis labios. Un beso abrasador y exigente que no tardo en devolver. Uno que manda al traste todas mis defensas.
El tiempo discurre en el calor del momento, uno en el que sus manos recorren mi cuerpo con el ansia, el hambre, hambre de mí.
—Dime que me quieres —susurra entre besos—. Dime que no me apartarás —añade—. Deja que yo sea el que decida, el que hable por los dos, aunque solo sea por esta vez. —Se aparta y me mira—. Estuve a tu lado cuando rompiste con Roberto, protegí tu corazón y lo acuné; dejé a Marisa porque me enamoré de ti, lo hice cuando tu voz aún no se había apagado y lo hubiese hecho aunque en aquel entonces no la hubieses tenido. Eres la mujer de mi vida.
Le aparto con suavidad y me dirijo de nuevo al cuaderno.
—Di algo, por favor.
Me agacho junto a la mesa de café y escribo:
“Y tú el hombre de la mía.”


44 comentarios:

  1. Ainsssssssssssssss qué bonito,
    Gracias por regalarnos este relato. Me encanta.

    Yolanda

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    1. A ti por dedicarme un ratito y pasar por mi mundo. Un besazo

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    1. Y a mí que me hayas dedicado unos minutos. Mil gracias!!

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  3. Es precioso!!! Es lo único que diré porque me dejó sin palabras

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    1. Gracias, preciosa. Me encanta que te llegase su intensidad.

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  4. ¡Hola!
    Me ha encantado. Es precioso.

    Un beso

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    1. Muchas gracias, hermosa. Un honor viniendo de ti. Besos!!

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  6. Ufff una historia muy dura y un final muy emotivo. Precioso relato.

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    1. Me encanta que te haya llegado. Mil gracias por dedicarme un ratito. Besos

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  7. Que historia tan triste y bonita a la vez, :)
    Me Encanta!!

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    1. Muchas gracias!! Me alegra mucho que te haya gustado. Besos

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  8. Duro, si, pero precioso!...el amor lo puede todo...hasta con las inseguridades..

    Besitoss

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    1. Es muy cierto. Muchas gracias por comentar y compartir tu tiempo conmigo. Besos!!

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    2. Es muy cierto. Muchas gracias por comentar y compartir tu tiempo conmigo. Besos!!

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  9. Pelos de punta! gracias por compartir palabras tan bonitas ^^

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    1. Muchas gracias. Es un relato al que le tengo cariño

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  10. Un relato muy duro pero a la vez muy bonito. Me ha gustado mucho, guapa. Un saludo. ;-)

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  11. Precioso, se refleja muy bien toda la inseguridad que siente, me gustaría saber más de ellos

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    1. No es algo que tengo pensado para ahora mismo, pero tampoco lo descarto. Muchas gracias por leerme. Un besazo

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  12. Ufffff!!!! Sabía que el amor acabaría uniéndolos, pero hasta pensé que al final dejaría escaparlo. Menos mal que el amor siempre gana.

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    1. La romántica nos llama y romántica somos. Ser lector de romántica es leer para un final feliz. Muchas gracias. UN abrazo

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  13. Ayyy, Tamara, que me has tenido con el corazón en un puño. Oye, no había leído nada tuyo, y me ha gustado bastante.

    Un beso enorme.

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    1. Muchas gracias a ti por leerme. Te mando un beso grande

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  14. Precioso,me ha encantado!Muchas Gracias por compartir :)

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    1. A ti por pasarte. Me alegra mucho que te haya gustado. Un besote

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  15. Hola, me ha resultado duro pero precioso, gracias por compartirlo.

    Saludos...

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  16. Hola, un relato precioso, duro a la vez y muy emotivo. Enhorabuena!!!

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  17. Hola, un relato precioso, duro a la vez y muy emotivo. Enhorabuena!!!

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  18. El relato me ha emocionado mucho, gracias por compartirlo.
    Nos leemos besotes.

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  19. me ha emocionado el relato que bonito

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  20. Los pelos como escarpias, precioso relato

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  21. ¡Me ha encantado, me ha emocionado, me ha puesto los pelos de punta!
    ¡Increible relato, de verdad! Es precioso ♥.♥

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  22. Una auténtica preciosidad!!! El amor verdadero es el que planta cara a cualquier adversidad. Me ha encantado.
    Te felicito.
    Un beso!

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  23. Una auténtica preciosidad!!! El amor verdadero es el que planta cara a cualquier adversidad. Me ha encantado.
    Te felicito.
    Un beso!

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